Embajada Samarcanda. Kazakhstán
La dependencia del aduanero uzbeco consistía en un sucio cubículo rectangular de dos metros por tres construido con basto hormigón. Un sillón desvencijado. Una mesa coja de formica desbaratada. Un archivador gris. Tres ventanas traslucidas de polvo. Un alargado cartel con una frase en árabe del Corán que colgaba torcido sobre una estantería. Sobre ella una torta de pan sin levadura, una tetera renegrida, doscientas moscas y una radio que emitía sin pausa una atroz música mestiza, mezcla de...